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septiembre 1, 2020

El bypass espiritual: el secreto mejor escondido de Hikuri

«Un hikuri es, dentro de la religión de los wixarica (huicholes), uno de los conceptos religiosos más importantes de sus creencias, y una de las convenciones iconográficas más conocida sobre este pueblo. 

Dadas sus propiedades alucinógenas, el hikuri es usado por los indígenas como un recurso ritual, para la comunicación entre el mundo terrenal y el divino. En español es conocido como peyote por la derivación del náhuatl peyotl

Wikipedia (2020)

Hace poco menos de dos años despertó en mí el llamado de las plantas medicinales. Había escuchado cosas maravillosas: personas que sanaban encontrando a sus ancestros, amigos que conectaban con el todo viendo los tejidos de la pachamama, conocidos superando pasados dolorosos a través del encuentro. Pensé, ¿quién no desearía vivir algo así?

Mientras escuchaba sus historias entusiasmado, cierto tipo de miedo me neutralizaba. Sentía dentro de mí la necesidad de atender un llamado, permitir que la planta fuera mi guía por encima de mi curiosidad. Durante dos años estuve como adolescente esperando junto al teléfono esa llamada. Así fue hasta hace un par de semanas. 

Un amigo, guía esporádico del equipo de Introspecta, venía de visita desde Cancún. A simple vista podía verse renovado, completamente enamorado y comprometido con la vida. No podía evitar pensar en qué había sucedido en él. Lo invité a comer a mi casa con su nueva novia y empezaron a contar cómo el hikuri había actuado sobre ellos. Relataron un viaje bellísimo de encuentro de sanación y descubrimiento en el que formas, figuras y presencias jugaban a su favor para revelarles sus más bellos secretos. Un relato que definitivamente activó el llamado en mí. 

Empecé a preguntar sobre cuándo habría otra oportunidad, dónde lo habían hecho, cómo contactarlo. Ansiaba el momento en que sucediera para mí. Sentí que yacía en hikuri el secreto final de mi sanación y finalmente había tocado mi puerta. 

Coincidente con mi energía tan positiva, al poco tiempo me invitaron a una ceremonia que justo se cruzaba con un viaje que tenía agendado desde marzo, ¿acaso hikuri estaba mandando señales confusas? Me sentí algo decepcionado. 

Un día antes de mi vuelo, cuatro días antes de la ceremonia, me avisan que el clima en mi destino estaba empeorando bastante. Que las lluvias hacían a la playa muy poco disfrutable y que, muy probablemente, lo mejor era cancelar. Sinceramente la ceremonia ya no pasaba por mi cabeza para ese entonces. De una forma extraña estaba lo mejor preparado y facilitado que me he sentido en la vida para posponer un viaje y así lo hice. 

Al poco tiempo recordé que hikuri me estaba llamando. Quizás la señales empezaban a aclararse después de todo. Pedí ingresar al grupo y, por suerte, abrieron un espacio para mí. Me mandaron instrucciones que incluyan un menú a base de frutas y verduras durante tres días y ayuno desde las 12 del día de la ceremonia. Cuando recibí las directrices no dimensioné que el trabajo empezaría desde entonces, ¿pero por qué sanar implicaba tanto sacrificio? 

Los dos días anteriores a la ceremonia acompañé a mi familia a restaurantes para babear del antojo. Servían todo tipo de bebidas y alimentos que en otro momento hubiera disfrutado sin ningún problema. Empecé incluso a cuestionar si para sanar en verdad uno necesita sufrir, ¿era mi mente o era parte del proceso?

Confieso que hice un par de berrinches viendo un menú diseñado justo para no servirle a mi propósito. Dejando que el sentimiento de limitación se transformara, con el tiempo aproveché que estaba con mi familia para mirar algunas fotos y elegir diferentes momentos de mi infancia para llevarlos a la ceremonia. Tenía el presentimiento de que servirían de símbolo para desempolvar la creación de mi huella de abandono. 

En un proceso que menguaba entre la aceptación y la resignación (existe una gran diferencia entre ambas pero esa explicación será para otro blog) seguí el camino de preparar mi cuerpo para la entrada del hikuri. Todo este proceso, que sumaba a la expectativa de lo que sucedería, agigantaba mis sueños. 

El domingo manejé casi 7 horas para llegar hasta la ceremonia, cada una de ellas con el estómago vacío disfrutando el principio de un ayuno al que todavía le faltaban 12 horas para concluir. Un poco apresurado, antes de llegar tuve que pasar exprés a conseguir un par de cosas que habían enlistado en los requisitos y que todavía me hacían falta, ¿dónde se consiguen espejos redondos pequeños en domingo a las 7 de la noche?

Sin espejo pero con mucha intención llegué a una casa enorme que escondía a un jardín bellísimo detrás. Al llegar encontré a un montón de gente en círculo y unas sillas en forma de presidium. Me senté. La hora de llegada estaba marcada a las 20:00 horas pero la ceremonia no empezó sino hasta las 23:09 minutos (alcancé a ver el reloj de alguien más de reojo). Dos de esas tres horas las pasé en silencio, un preámbulo perfecto para lo que seguiría. 

Alcancé a platicar con algunas personas que repetían la experiencia del hikuri. Para muchas de ellas la primera vez con este abuelo Marakame que auguraba ser toda una revelación. Se murmuraba que incluso venían los propios abuelos del Marakame a celebrar este ritual con él, ¿qué les parece la expectativa hasta ahora, eh?

Como mencioné, a las 23:09 horas empezó la ceremonia sirviendo un té que contenía el peyote que serviría de herramienta para nuestra intención. Después de tomar el primer vaso, el Marakame, a través de su hijo, pidió que cada quien compartiera su intención. La mía era clara: sanar el linaje paterno y materno, permitir que la luz se vuelva más luz, y despojarme de la huella que marcaba mi codependencia. Mi altar con símbolos, piedras y objetos preciados estaba preparado. Las fotos de mi niñez estaban puestas, y todo estaba sentado para empezar un viaje que sin darme cuenta, había iniciado dos días atrás. 

Un viaje iniciado no puede re-iniciar. Pasaron las horas, los sorbos de té, y los efectos que había escuchado del peyote no llegaban a mí. Veía a los demás con las mismas caras con las que llegaron. Por un momento pensé que únicamente era yo, que quizás fallé en el ayuno por ese té de canela con miel que me tomé. De pronto, una chica sentada a un lado mío me pregunta «oye, ¿y a ti ya te hizo efecto». Disipó mi duda y las de mis otros vecinos también. El hikuri no estaba pareciéndose nada a lo que habíamos anhelado. En las siguientes horas seguimos consumiendo hasta que el estómago ardió, pero el efecto psicodélico esperado nunca llegó. 

Mientras fue pasando el tiempo, empezó a haber un sentimiento de desesperación en el ambiente y, mientras tanto, empecé a descifrar por qué el peyote me había llamado hasta ahí. Pasé (con minutos de excepción contados) alrededor de 12 horas en silencio mirando la serie de fotografías que había postrado para mi altar. En una posición muy incómoda y con un frío para el que definitivamente no fui preparado. 

Pasaban los minutos y empecé a entender que mi sanación no era una medicina que abre puertas, sino que la sanación es el camino mismo y la medicina es mi intención. Que la magia que estaba esperando nunca llegaría, porque esa magia sucede en el proceso. Que el linaje paterno y materno terminarían de sanar cuando terminara mi misión en este mundo y que eso me iba a llevar la vida (y a todo esto, ¿quién me dio a mí la responsabilidad de estar sanando linajes?). Entendí que había anhelado un bypass espiritual y que pensé que postrando mi intención ante un Marakame wixarika adelantaría 10 años mi trabajo personal. Pero no fue así. 

Fui cliente de este bypass, y de alguna manera lo soy más seguido de lo que me gustaría. Constantemente me veo a mí mismo realizando meditaciones diseñando un futuro perfecto en vez de abrir las manos al presente para ver qué me ofrece la vida. 

El peyote me había llevado ahí a comprender la lección más grande de mis últimos meses: no hay nada que pueda hacer para acelerar mi crecimiento. No hay nada que cambiar en mi pasado, ni en mi futuro, que no venga del amor hacia el presente. Que cada día puedo decidir con mi intención y con fe (en el entendido de hacer lo mejor que puedo con las herramientas que tengo) sanar para ser una mejor representación del amor y, que si un día llegara a sanarlo todo, ahí terminaría mi camino. Porque mi alma encarnó en este cuerpo para «amar, transformar y compartir» y esa es una tarea que llevaré por el resto de mi vida. 

Gracias abuelo Marakame, por estar presente, y gracias hikuri por regalarme tu secreto mejor escondido. Gracias a ti, por haber leído hasta aquí. 

-Xaurem

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