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octubre 19, 2020

Cuando no hay a dónde huir

Cuando las cosas me incomodan, mi primera reacción es querer moverme de lugar. Estoy acostumbrada a hacer un viaje o un cambio de ciudad cuando necesito alejarme de algo que ya no funciona o quiero reinventarme.

Se me hace fácil agarrar la mochila, empacar mis cosas y empezar de nuevo, o por lo menos sentir que lo hago. No siempre lo hago consciente pero más de una vez me han cuestionado por estar huyendo. Aunque muchas sólo ha sido parte de mi instinto de explorar el mundo, debo de aceptar que otras definitivamente ha sido por querer escapar de algo.

Pero, ¿qué pasa cuando no hay a dónde huir? Cuando nos damos cuenta de que lo que nos molesta no se va por cambiar de ubicación. Cuando entendemos que el lugar por sí solo no cambia nada y aceptamos que más que un cambio externo, necesitamos un cambio interno.

No ha habido un momento en mi vida en el que quiera y necesite tanto un cambio como en este momento. Antes de que llegara la pandemia yo ya había estado varios meses “encerrada” por un proceso personal de sanación que viví. Justo cuando estaba lista y haciendo planes de moverme a otro lado, el mundo dio un giro inesperado que me ha mantenido “estancada” mucho más tiempo del que me gustaría. Ahora, aunque mi instinto me diga que corra y mi mente busque mil opciones mejores que estar aquí, la realidad es no hay a dónde huir.

Aunque no dejo de soñar con nuevos destinos o lugares donde vivir después de esto y confieso que más de una vez he buscado boletos de avión sin sentido, sé que la realidad es que por varios meses más me voy a quedar aquí, con todo y esta incomodidad.

Cuando no hay a dónde huir

Cuando no hay distractores como un viaje o una nueva ciudad, cuando solo estoy yo, no me queda nada más que verme completamente y sentarme a platicar con esa incomodad. Estos meses de encierro me han permitido ver muchas partes de mí y me han dado el tiempo de cuestionarme el por qué quiero “huir”. Tal vez no lo tengo completamente claro todavía, pero definitivamente esta interrogante me ha hecho darme cuenta de varias cosas.

La primera es que definitivamente lo que me incomoda, no se va a ir sólo por irme de aquí. Aunque es verdad que parte de lo que quiero cambiar es mi estilo de vida, también es verdad que otra parte viene de algo interno y que por más que me vaya a otro lugar YO voy conmigo, con todo y esa incomodidad. Que huir, aplazarlo o ignorarlo, sólo pospone el enfrentamiento y la posibilidad de trascender lo que sea que nos moleste, ya sea externo o interno. Así que creo que la respuesta en realidad no es salir corriendo, sino ver hacia adentro y cambiar desde ahí.

También estoy aprendiendo a aceptar mucho más, aunque no me encanten las circunstancias, sé que si me peleo con ellas sólo la voy a pasar mal, así que he aprendido enfocarme en lo que puedo disfrutar.

En medio de tanta incertidumbre, los planes dejaron de ser importantes y puedo estar más presente. Al no poder planear, el único lugar que hay es el ahora y aunque nos los dicen todos los libros de desarrollo, la realidad es que la práctica es mucho más fácil así.

Estoy aprendiendo a no usar los viajes como un pretexto para huir. Amo viajar y siempre lo haré, pero si algo he aprendido es que un viaje a veces sólo es una distracción y que si no estoy bien conmigo, no lo voy a estar ni aquí ni en ningún lugar.

Hay veces en las que parece que nunca más voy a poder viajar o vivir en otra ciudad, pero mi espíritu nómada sigue soñando con nuevas aventuras, para las que quiero estar lista estando bien conmigo antes.

Lo que me queda claro después de darle vueltas, es que la verdadera libertad está en estar en paz con lo que estamos viviendo sin necesidad de escapar. Que la única forma de salir de un estado de incomodidad y de transformar algo es atravesándolo y no huyendo. Que cuando no hay a donde huir, la única posibilidad es ir hacia adentro.

-Ana Philibert

*Una entrada del blog: Espíritu Nómada

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